Autonomía

Notas Sobre Autonomía y Resistencia Para el Siglo XXI

colectiva

El Papel de la Fiesta en la Cohesión Comunitaria

Jorge Luis Muñoz
Lo que sea que hagamos, pensemos o sintamos se origina primero en nuestro cerebro. No importa el origen del cableado neural en el que se origina lo que hacemos, pensamos o sentimos. Dicho cableado puede ser producto de la herencia genética, de la vida en familia, de la experiencia propia o una creación inducida por cualquier medio. Antes de lo que hacemos, pensamos o sentimos se activan redes neurales que operan en el subconsciente o que percibimos de manera consciente. Esas redes neurales están en continuo cambio y de hecho todo individuo está continuamente induciendo muchos de los cambios que se realizan, si bien tales cambios son movidos actualmente por los medios de comunicación, la escuela y el entorno individual y social.
Todo lo anterior nos indica que, si las conductas de los hombres se desprenden de su cableado neural, es posible cambiar dicho cableado para reorientar la conducta humana, que de hecho es lo que ocurre de manera aleatoria o inducida.
De los principales problemas que enfrentan las comunidades y la acción militante es la dispersión o desintegración comunitaria; la cual, aunque se ataque o atenúe, vuelve continua o cíclicamente echando a perder o dificultando proyectos evidentemente benéficos para las comunidades. Las doctrinas clásicas no aportan soluciones a estos problemas, salvo a algunas pautas efectuadas más por casualidad que producto de acciones dirigidas.
La fiesta hecha como pachanga, como reunión o como juego es indispensable para la sobrevivencia de una comunidad, sea esta familiar, grupal, vecinal, comunitaria o de toda una sociedad. La convivencia es la única forma de contrapesar al egoísmo porque este no es otra cosa que el impulso vital que nos mantiene vivos.
La convivencia echa a andar mecanismos biológicos que contrapesan el natural egoísmo humano. Al activarse las neuronas espejo y las secreciones de oxitocina se abren posibilidades de cableo, recableo y de nuevas conexiones que nos acercan a los demás induciendo un cierto gregarismo.
Generalmente pensamos que con la voluntad de trabajo en grupo puede llegar a ser suficiente para que un colectivo perdure, pero esta manera de ver las cosas omite el hecho biológico del continuo cambio en nuestro cableado neural y en nuestras formas de socialización, con el consiguiente cambio en nuestra forma de ver y vivir el mundo, y por tanto el constante cambio en nuestras relaciones y todo lo que somos capaces de ser y hacer.
También se llega a pensar que el hecho de compartir elementos indispensables para la vida (fuentes de alimento, de empleo o servicios) lleva a cohesión colectiva. Desde luego que lo anterior ayuda y es la base material de toda comunidad sin lo cual una comunidad es impensable. Sin embargo, tenemos comunidades que no lo son pese a compartir tierras, aguas y elementos indispensables para la vida. Comunidades que, pese a contar con muchos puntos que ayudan a la colectivización, no logran contrapesar el imperante egoísmo tan natural al hombre.
El egoísmo para ser contrapesado requiere de ser tratado de una forma similar a las que hace el capitalismo para poder mantenerse. Por ejemplo, el capitalismo esclaviza mediante el empleo, pero a cambio ofrece elementos para la conservación de la vida, de tal manera que el hombre puede soportar condiciones de vida insufribles con tal de que la vida tenga tan solo un asomo de esperanza. Con esa base biológica y la cultura vigente, el capitalismo traduce esclavitud en libertad de elegir: elegir en donde quieres que te exploten, que actividad esclava te gusta más y un sinfín de falsas libertades.
Las acciones colectivas eficientes llegan a alimentar al egoísmo desde el campo gregario en tanto se satisface el impulso vital primario de sobrevivencia. No obstante, esto es insuficiente por los cambios ya mencionados. Para traducir al egoísmo en acciones gregarias se requiere la adecuación correspondiente a nivel neurológico, sin el cual ninguna acción (por beneficiosa que sea para el egoísmo natural animal), podrá mantener la cohesión comunitaria. El ejemplo típico de lo anterior es la actual familia, en la cual hay infinidad de situaciones que favorecen a los integrantes individuales, sin embargo, se vive en eterno conflicto hasta que las rupturas llegan precisamente por incomprensión mutua.
Otros ejemplos los tenemos en las comunidades en las que intervienen grupos revolucionarios o de mero apoyo a la comunidad. Se organizan empresas, actividades colectivas, cooperativas, grupos artísticos o subsidios económicos y sin embargo muchas de esas comunidades discurren con conflictos cotidianos que impiden una eficiente acción comunitaria o de plano la mantienen en una falsa unión motivada solo por el interés egoísta. Es decir, son comunidades que permanecen falsamente unidas y estallan a la primera oportunidad como cuando dejan de cumplirse las expectativas de algún sector de la comunidad.
En esas comunidades en las que se hace trabajo colectivo es donde más resalta la necesidad de traducir los impulsos vitales egoístas en acciones gregarizantes. Para esos efectos la fiesta es el mejor remedio por lo que en una comunidad se debe mantener una actividad festiva continua. La fiesta debe ser más importante que la producción misma o que cualquier organización comercial o productiva. La fiesta y todo lo que implique reunión social desenfadada, contribuye a la cohesión colectiva más que cualquier doctrina, ideología e incluso más que cualquier religión.
La fiesta y lo festivo generan subjetividad gregarizante y contrapesan la subjetividad que genera el impulso egoísta, aunque sin llegar a anularlo. De hecho, el capitalismo genera subjetividad individualizante a la hora de proponernos seguir nuestros sueños, personalizar objetos o promover una competencia ajena a nuestros propios impulsos egoístas.
Tanto el individualismo como el gregarismo que nos permite vivir en sociedad resultan vitales para el hombre. Ambos impulsos vitales coexisten equilibrados hasta que algunas situaciones alteran ese equilibrio. Tales razones pueden ser medioambientales, de orden biológico, políticas o sociales. No obstante, roto el equilibrio, puede rehacerse. Ese es uno de los descubrimientos de las neurociencias. Walter Freeman descubrió que compartir mediante el baile deshace las sinapsis que nos separan y nos recablean de modo que podemos acercarnos más. Ese efecto se logra mediante la segregación de oxitocina.
La oxitocina trabajaría en conjunto de las neuronas espejo para coincidir en algunos puntos, poniéndonos en el lugar del otro. Así que si cada humano tiene una estructura perceptual irrepetible (y por tanto una visión del mundo única), existen mecanismos biológicos vitales que hacen que dicha estructura pueda compaginar con otras estructuras perceptuales.
La fiesta echa a andar esos mecanismos biológicos que nos acercan; pero no es un proceso mecánico ya que no solo interviene la biología sino la cultura, la subjetividad que nos ha sido inducida y el arreglo social en que vivimos. Por suerte la fiesta no precisa de muchos requisitos. Lo más difícil de la fiesta es la mentalidad que nos impide ver que hay que buscar nuevos caminos toda vez que el capitalismo ha resultado imbatible con los métodos de lucha tradicionales.
Finalmente, el tratamiento de la fiesta y el papel de ésta en los procesos de cohesión comunitaria, vista a través de las neurociencias, ha quedado muy apretado y se requerirá una buena dosis de buena voluntad para entenderlo. No obstante, deberé aclararlo personalmente o mediante sucesivos escritos que espero que vayan saliendo pronto.

Xochimilco, CDMX
Mayo de 2016