Autonomía

Notas Sobre Autonomía y Resistencia Para el Siglo XXI

Construir nuestro propio mundo

Notas para la Ciencia de la Convivencia

Jorge Luis Muñoz

La convivencia, esos actos de compartir tiempos, espacios y experiencias en igualdad y sin ventajas, es un constructo de afinidades y de significaciones similares. Es un compartir experiencias que logran que se tenga la sensación de vivir en un mismo mundo y fundamentalmente de no estar solo, de que la vida cuadra y de que los inventos que hace nuestro cerebro, efectivamente, sirven para la vida.

Imagen de Anónimo FAD-UNAM, 2016

El hecho de convivir da sentido a lo que hacemos y cohesiona nuestro cableado neural evitando la natural dispersión en nuestra percepción-acción. Dos de nuestros impulsos vitales, el egoísta y el gregario armonizan en la convivencia, fuera de ella se distorsionan.
Estamos preparados biológicamente para responder espontáneamente con nuestro impulso egoísta en casi todas las situaciones que enfrentamos en la vida. Otro impulso vital, el gregario, que modula al impulso egoísta, es menos espontáneo, aunque también tiene una fuerte base biológica. Estamos dotados de herramientas para cultivar el impulso gregario, ese impuso que fortalece la vida en grupo. Tales herramientas son las neuronas espejo y la acción de la oxitocina, la cual es capaz de promover un recableo neural en función del otro, pero solo bajo ciertas circunstancias como el baile colectivo o la caza.
Al impulso gregario se le cultiva, si no se hace tal cultivo, entonces predomina el impulso egoísta. A este impulso solamente se le reprime y reorienta, pero no se le puede eliminar porque de hacerlo, en ello nos va la vida.
El capitalismo impulsa, alimenta y fortalece al impulso egoísta, preformando al impulso gregario en función de aquel y de sus intereses.
El impulso egoísta es el que mantiene la libre empresa y el libre emprendimiento, de ahí que su uso y cultivo sean indispensables para la vida social e individual.
Una autonomía debe cultivar ambos impulsos, especialmente el gregario. Para tal cultivo debe hacerse lo inverso que hace el capitalismo, es decir, cultivar el impulso gregario a partir del impulso egoísta. O sea, aprovechar al impulso egoísta como catapulta en la conformación del impulso gregario.
La convivencia, aunque ocurre espontáneamente, acaba dominada por el egoísmo, por ello debe cultivarse si se quiere dar un sentido gregario. Su cultivo es una ciencia, pero no una ciencia financiada por el estado, sino por ese afán milenario de comprobar las cosas, mismo que poco tiene que ver con la ciencia moderna atada a la lógica capitalista. Es una ciencia porque necesariamente irá atada a los parámetros que también necesariamente fijan las comunidades. Al respecto solo basta recordar que el cerebro se inventa al mundo y como tal lo vive.
La convivencia es una experiencia que involucra a los cuerpos, solamente ocurre en vivo. La pobreza de las palabras solo limita la experiencia. Las experiencias en las redes sociales limitan la convivencia. Ésta, en redes sociales, es solamente una experiencia productora de opiáceos y similares, propia de una vida mental que favorece el hacer de otros (poderes al acecho) en tanto permanecemos dormidos y soñando. No por nada en la actualidad hay toda una campaña para ponernos a perseguir “nuestros sueños”.
La convivencia ayuda a centrarnos ya sea en un sentido personal o colectivo. Si bien es cierto que siempre habrá un sentido personal en cualquier tipo de centramiento que practiquemos, la convivencia ayuda a alejarnos de los terribles extremos a los que naturalmente nos lleva nuestro equipamiento biológico, es decir, nos aleja de los extremos del suicidio  o del fanatismo, que son las condiciones humanas entre las que oscilamos.
Cuando no hay estímulos suficientes rápidamente se cae en el desánimo, el abandono o el suicidio. A la inversa, cuando un estímulo se convierte en dominante se llega fácilmente al fanatismo. El estímulo consumista nos saca del abandono estimulándonos como verdaderas bestias. Bajo el consumismo la vida se llena de placeres efímeros que llegan a crear su propia resistencia llevándonos al hartazgo de la vida o al desenfreno consumista.
El fanatismo es la cara inversa del consumismo. Se nos llena con ideas que no admiten discusión ni ninguna otra idea. Aquí se aprovecha la tendencia del cerebro de crear referentes que le permiten funcionar sin dispendio de nutrientes.
La convivencia puede evitar esos excesos nacidos de nuestros impulsos vitales. Si bien la convivencia crea referentes que pueden ser caldo propicio para fanatismos y consumismos, provee la posibilidad de una autorregulación colectiva.
Por desgracia lo único que está garantizado en este mundo es la muerte y, ciertamente, la convivencia puede construirse con fines de agandalle como en su momento lo hicieron los nazis, los romanos, los actuales gobiernos mundiales y grandes y pequeños grupos de bandoleros erigidos en poderes fácticos. Saber que en el desglose de la vida se está ante impulsos biológicos que nos pueden llevar a conductas extremas, puede ayudar en la construcción de autonomías sanas.
La convivencia se construye personal y colectivamente paso a paso, tabique a tabique y experiencia por experiencia si es que se quiere una experiencia vivificante que, como decía Nietzsche, sirva para crecer y engrandecer.

Enero de 2017