Autonomía

Notas Sobre Autonomía y Resistencia Para el Siglo XXI

Construir nuestro propio mundo

De la Vida en Comunidad y en Pareja

Eran como las dos de la mañana, así apareció en la pantalla de la tele cuando la Mecha la prendió. Pensé en que todavía faltaba mucho para las cuatro en que debíamos levantarnos. Chela en cuanto vio la hora se volteó y volvió a dormirse. Yo me fui al baño y oriné al centro de la taza para evitar que se juntara sarro en las orillas. Había tomado esa costumbre a raíz de descubrir que la orilla en que me orinaba, acumulaba sarro más rápidamente. Esta nueva costumbre era muy ruidosa, por eso cerraba la puerta del baño para no molestar a mi mujer.
Dude de volverme a dormir, pero reparé en que no tenía ni idea de que hacer parta matar el tiempo, así que me acosté confiado en que me levantaría a tiempo. No sé si permanecí dormido o medio dormido hasta las pasadas las tres y media en que Jonás entró discretamente a ver si ya estábamos despiertos. Me rebrotó algo de pena al ver a Jonás despierto antes que nosotros. Chela le había pedido a Jonás que nos llevara a las cuatro a tomar el camión que nos llevaría con las mariposas monarca, pero este ya había llevado a Manolo al camión en la madrugada anterior y algo me apenaba darle de nuevo la molestia sabiendo que se iba a trabajar a las siete. Le estábamos acomodando una desvelada extra sobre las desveladas que se había dado yendo a tocar.
Llegamos al centro del pueblo que me pareció extraordinariamente desierto. Hacía mucho que no me levantaba en la madrugada y creí que iba a encontrar a mucha gente deambulando detrás de sus carretillas acarrando cosas, botes tamaleros y bultos para no sé qué actividades. Siempre imaginé que se iban a vender a otros sitios. Como aquella señora que vende en Martín Carrera, el norte de la capital y que es vecina de Xochimilco o que vendían algo en el pueblo. Aquello no dejaba de maravillarme. Pero esta vez las calles estaban casi desiertas. Prácticamente los que íbamos de paseo éramos los únicos parados.
Nos detuvimos en la esquina de la iglesia y vimos la bola que ya formaba cola haciendo honor a la cultura chilanga. Chela se fue de inmediato a ver si eran nuestros compañeros de viaje y en efecto, lo eran. Regresó después e detenerse a platicar con algunas señoras de la cola y regresó a avisarnos. Yo preferí quedarme en el jeep porque ya me sabía el truco, te citan muy temprano pero el camión siempre llega después de lo que te dijeron. Y así fue.
La Mecha se había traído dos sombreros, uno para cada quien y se había puesto un suéter largo que le critiqué por estorboso, a ella no le pareció así e insistió en llevárselo pese a que ya le había pedido su chamarra a Jonás. Nos habían dicho que con las mariposas hacía mucho frío y que había que ir bien forrados. Chela que tiene cierta fijación con el frío se tomó muy en serio las recomendaciones e incluso me trajo una de sus bufandas que me cayó muy bien. Hace poco descubrí que con una bufanda al cuello el frío no cala. Creo que eso ya lo sabía pero seguramente lo olvidé como hay muchas cosas que sé pero que he descubierto que las olvidé.
El camión llegó como a las cinco de la mañana y en ordenada cola nos fuimos subiendo. Que importante es hacer cola cuando quieres tener el asiento que te gusta, o subir primero o no sé qué otros motivos pueda haber. La gente se forma y pelea su lugar y pelea que se respete la cola. Todo mundo tiene su lugar asegurado pero de todos modos se hace cola, además, cuando subes te acomodas en donde puedes, sin la comodidad de estar eligiendo porque tras de ti todos suben en tropel y no hay tiempo para meditar sobre dónde te sentarás. Una cola se respeta sea cual fuere la gama a la que pertenece, sea de la leche, del pesero, del banco, de cobro, de la taquería, del monte, y de todo lo que se pueda imaginar. ¿No habrá otra forma de organización que no sea la cola?
Chela tiene una habilidad especial para burlar las colas. Pero tiene que ser algo importante, algo que la motive y es capaz de brincarse cualquier cola, aún la más sufrida y peleonera. Dentro de las colas famosas que se ha brincado está la cola para sacar ficha para ingresar a la UNAM. En esa cola llegan de madrugada a formarse e incluso hay quien llega desde la noche anterior. Es inmensa, bulliciosa y celosa. Es difícil meterse pero Chela lo hace con una facilidad extraordinaria. Llega y dice cualquier mentira inverosímil, pero a ella le creen. Creo que lo hacen porque lo dice sinceramente. Además, la cara de inocente que pone es de antología: ahí no hay malicia de adulto, no hay pena o rubor que la delate, no hay insinuación alguna. Su cara es la de una niña de algunos ocho años a la que nada se le puede negar. Por eso no hay cola que se le resista. Pero esta vez no se metió, tomo simplemente su lugar y desde ahí abordamos el camión, siempre buscando el medio por si chocábamos. Chela me recordó que así era mi mamá, yo hice como que no oí, dejando aclaraciones para después.
Nos fuimos dormitando hasta que amaneció bien y nos detuvimos no sé dónde para orinar (en mi caso) y para desayunar. Es extraño como se ve lo que ya conoces desde un camión de pasajeros. Íbamos aún por Francisco Goitia y tenía yo la impresión de ya estar en otra ciudad. Tuve que hacer un esfuerzo para reconocer las calles por donde parábamos pese a que las he recorrido un sinfín de veces.
Al lado de mí, un asiento adelante se sentó un señor que anda también con los chalmeros y me extrañó verlo en un viaje que era francamente proletario. Este señor, cuyo apellido sé pero no debo acordarme, alguna vez Ricardo me dijo que era ganadero. Pero una vez un tal Roberto Olvera (que ya murió) se refería al terreno que tenía debajo de nuestra casa como “el rancho”. Él vivía en Santiago y había comprado ese terreno rústico y lo llamaba pomposamente “rancho” pese a que tendría no más de doscientos metros cuadrados, a unos cuatro metros arriba de la falda del cerro. He oído casualmente a otros que también llaman a sus terrenos rústicos como rancho, por más pequeños que sean, nada raro es que si tienes una vaca seas ganadero.
Los demás compañeros de viaje eran gente común, que incluso era la segunda vez que iban al santuario de las mariposas. Yo realmente no sé cuál es el chiste del viaje o no lo sabía en ese momento. Entendía que podía irse una vez, pero dos o más lo siento como exceso o exotismo. En este caso me intriga esa propensión a viajar a lo mismo, a lo que ya se conoce. Posiblemente se deba al espíritu gregario heredado de los nahuas de estas tierras.
Llegamos a ese lugar que olvidé preguntar cuál era y me bajé a acompañar a Chela que iba al baño. Había una cola enorme en el baño de las mujeres, seguramente porque ellas ocupan tazas y los hombres solamente usamos el migitorio y rara vez las tazas. Como la cola era intimidante, chela y otras señoras se movilizaron y encontraron otros baños que ni les cobraron los uniformemente típicos cuatro pesos que cobran en todo el recorrido que hicimos. Yo descubrí un tamalero y me comí uno de verde y otro de rajas, compré uno de dulce para La Mecha que ni se acabó. Tenían un gusto ahumado ligero lo que los hizo especiales. Además costaban solo ocho pesos. El viaje empezaba a tener sentido.
Los del camión nos habían dicho que pararíamos adelante para el desayuno, pero lo pensaron bien y decidieron que ahí desayunaríamos y se acomodaron unos metros adelante. Bajé a ver que había, vi los precios y me pareció caro. Pero me dije ¿“caro”, pero a que venimos, a comernos las tortas de huevo con frijoles que preparó Chela? De hecho nos las comimos bajando del santuario, estaban frías, pero deliciosas. No sé de dónde sacamos tanta hambre que nos supieron tan ricas. Yo ya sabía que las tortas de huevo con frijoles son ricas y más estando calientes como hasta ese entonces estaban, pero me parecía impropio comerlas en el desayuno habiendo tan buena barbacoa, y todo tipo de fritangas frente a mí. Sin dejar de pensar en que me iba a gastar un dinero que bien podríamos ocupar comprando el equipo que hace falta en el grupo, completando la batería del pelón, comprando mortero para la barda de con Cirilo o en el desempeño de una pulsera que mandamos al monte; eso solo entre muchas más cosas que se piensan cuando no eres Slim ganando dinero por segundo. Sin dejar de pensar en eso me subí a decirle a la Mecha que se bajara para que viera que comeríamos. Dudó un poco y con una actitud que denotaba cierta timidez dudó lo que es de rigor en ella y finalmente decidimos que comeríamos barbacoa. La atraje hasta el primer vendedor y pedimos un cuarto, el que nos sirvieron con tortillas azules recién hechas, su salsa, cebolla picada y cilantro.
La barbacoa estaba a 70 pesos el cuarto igual que en Santiago, solo que el Chino que nos la vende la hace bastante más rica y con sabor a borrego. La que nos dieron se me figuró esa barbacoa que dicen que se hace con borrego congelado de los que traen de Nueva Zelanda. Al estar comiendo se nos acercaron unos niños vendiendo pulseritas tejidas, Chela compró una para Albia y de inmediato nos cayeron otros dos niños, uno de ellos nos pidió un taco. Se lo serví con todo y de inmediato Chela les dio a los otros dos y a una niña ya grandecita que se acercó. Otro niño vendedor se acercó  y seguramente por algún arrebato de dignidad no quiso taco alguno. Milagrosamente la barbacoa alcanzó para todos pese a que era tan solo un cuarto. Ayudó que me había comido los dos tamales, que la barbacoa es empalagosa y que Chela suele ser más entusiasta con la comida que tragona.
Ya en la casa después del chiripiorcazo me enteré que Chela tuvo durante ese desayuno su primer ataque de miedo. Dice que fue leve pero que sintió feo. No me dijo en ese entonces nada, pero seguramente ya cargaba mucha tensión (o como dicen: muchas emociones contenidas) y yo con mis devaneos de siempre, buscando la manera más eficiente de hacer las cosas, seguramente me interpretó que no quería gastar. En efecto, siempre busco no gastar sino en lo absolutamente eficiente, en lo que más conviene, en lo que hemos definido como prioritario o urgente, cosa en lo que Chela no coincide conmigo. Ella gasta de acuerdo con su emotividad, que me parece que es una mejor forma de vivir la vida pero que por desgracia está negada para mí. En ese viaje no me importaba gastar porque hacía mucho que no salíamos a pasear y, además, era de solo un día y por más que quisiéramos no podíamos gastar nada que pudiera considerarse demasiado. Pero era y es difícil creer que no me importara gastar, debido a mi espíritu exageradamente crítico (mismo que me ha llevado a bretes a veces incómodos).
Finalmente llegamos a El Rosario, pasando por Ocampo. El camión subió y subió acompañado de otros cuatro idénticos, que después supe que eran parte del paseo. Bajamos del camión y nos recibieron vendiendo palos “para ayudarnos a subir”. Eran palos del monte seguramente trabajados por los niños, algunos rectos, otros retorcidos como los que usan en “La danza de los viejitos”. Los daban a diez pesos pero La Mecha lo consiguió a cinco.
Pasamos al baño en previsión de que no hubiera modo por el camino y porque yo orino mucho a raíz de esto que tengo, que no sé qué es pero que me hace orinar mucho. Pagamos los consabidos cuatro pesos, aunque la Mecha ya se había colado. Del estacionamiento al que llegamos subimos inmediatamente rumbo al santuario después de que alguien nos dio la instrucción de que nos reuniríamos a las cinco para el regreso.
El pueblo del Rosario no hay mucho qué decir, es un pueblo más o menos sin chiste, lo único llamativo es su gran extensión. Muchas casas con mucho terreno. Por eso se extienden hasta los cerros en vez de conformar un núcleo de población más o menos apretado. El camino de subida comienza con dos hileras de puestos de comida, de carpetas con mariposas tejidas a punto de cruz (la mayoría). Venden vasos con mariposas, artesanías con mariposas, imanes con mariposas y todos venden lo mismo. Cansa ver lo mismo lleno de mariposas. En la subida las mariposas no vuelan pero si están en todos los objetos que venden. Dicen que por febrero y marzo las monarca bajan hasta el pueblo y que entonces es todo un espectáculo. Algo parecido pero en menor escala lo tenemos por donde subimos a nuestra casa, en Santiago. Son mariposas blancas que aletean en una inmensa mata de flores de un naranja tan vivo que enamora la vista. Es un pequeño espectáculo gratuito. Para subir a ver a las monarca hay que pagar treinta pesos los niños y cuarenta los adultos. Cosas de la modernidad turística.
Como todo lo que se vende es lo mismo, la comida es más o menos la misma. El menú es mole con pollo o guajolote, trucha empapelada o frita, carne asada, cecina, chiles rellenos y dos o tres platillos más. Yo solo puedo dar testimonio de la trucha empapelada y es buena, con un sabor delicado, sin llegar a la espectacularidad, producto del tomate, del queso y del chile manzano que le ponen.
Llegando a la entrada que se distingue por un pequeño arco que nos recuerda dónde estamos, Jorge, el organizador del paseo, negoció entradas de treinta pesos para los adultos cosa que agradecimos. Chela se había colado ya, pero no hubo forma de advertirla para que nos ahorrásemos sus treinta de la entrada. La vigilancia es deficiente, así que si alguien se quiere ahorrar la entrada es cosa de algo de imaginación y ya se está adentro. De hecho, estoy casi seguro de que dando una vuelta por el cerro se puede llegar al santuario sin pagar. Pero eso sería escamotearles dinero a los ejidatarios que bien parecen necesitarlo. Hay cosas de los ejidatarios que no me gustaron, como esa de cobrar ochenta pesos por subir a caballo y otros ochenta por bajar. Creo que eso es caro.
De la entrada al santuario y hacia arriba hay toda una colección de lecciones sobre las mariposas monarca mediante pancartas metálicas en donde nos dice que son millones las que llegan a México, qué comen, cómo se comportan, cómo debe uno comportarse en el parque y todo eso que también se puede ver en internet. Si lees todas las pancartas, sales experto en monarcas, pero pocos son los que se detienen a leer por estar más ocupados recordándose que la subida está durísima y que el sudor agobia.
Son 620 escalones de cemento y quizá el equivalente de otros 200 o 300 de camino de terracería. Alguien dijo que se sube por hora y media, yo no tomé el tiempo pero puede que si sea lo que dicen, porque con todo y el tiempo que consumimos viendo a las monarca y comiendo, llegamos al camión a las cinco.
Chela y yo vivimos en cerro, así que no nos pesó demasiado la subida, sin dejar de ser cansada. Cuando llegamos a un pequeño chorro de agua, entubado en una manguera de PVC negra junto a un remedo de pirámide, detecté que algo raro me pasaba, estaba cansado pero lleno de energía. No dejó de asombrarme mi condición física porque debería de estar exhausto. Ahora sí que tomaba sentido el paseo. Con la subida seguramente me desintoxiqué y de ahí aquella energía gratuita que me fluía por todo el cuerpo.
Seguimos subiendo, vimos a los que llegaban a caballo para continuar subiendo y comenzaron a aparecer los guardianes del camino, los que te impiden que te desvíes del camino acordonado con una fea cuerda amarilla. Llegamos hasta donde la cuerda amarilla cerraba el paso y en donde se concentraban los vigilantes. Ahí era una aglomeración que se alborotaba al salir el sol que motivaba el vuelo de las mariposas. Lo demás fue ver pinos y mariposas volando o agonizando en el suelo. Todo era incomodidad. Filmé algo, tomé algunas fotos y seguí sintiendo que el espectáculo era mejor en internet o en la sala de la entrada al parque, en donde te pasan una especie de documental con todos los datos de las mariposas y las  recomendaciones para verlas.
Chela se me perdió y con su celular filmaba muy entretenida, parecía no importarle que su cámara era de tan solo dos megapíxeles. Interrumpí su concentración para recordarle lo de los pixeles y para irnos. En verdad me fastidiaba aquella objetividad positivista de querer constatar que las mariposas existen. Ellas desde luego existen ¿y tú? ¿Existes?
Ya de bajada me salí del camino y oriné, Chela quiso hacer lo mismo pero el guardia se lo impidió. No obstante, cerca del chorro de agua, por donde dejan a los que llegan a caballo encontramos unos arbustos muy a modo y Chela orinó a sus anchas. Del chorro de agua me traje una botella que apenas se está acabando en estos días. A todos nos ha gustado pese a que nuestra agua es poco más dulce.
Bajamos y nos comimos dos tortas en el camino, supieron deliciosas, las acompañamos con lo que nos quedaba de refresco. Saliendo de la entrada al parque chela compró una carpeta y pretendía que le comprara tres. Yo me defendí argumentando que deploraba comportándome como turista comprando chingadera y media. Eso no hizo mella en Chela que abajo compró dos carpetas más después de comer.
En uno de los puestos pedimos trucha empapelada y la acompañamos con una pacha que me llevé de licor de piña de mi propia preparación (con lo que intento evadir los tóxicos que añaden a las bebidas comerciales). Huelga decir que la comida fue una delicia en medio de la somnolencia por el ejercicio que acabábamos de hacer y delicia también resulto el licor acompañado con refresco de cola.
Bastante alegres nos bajamos preparados ya para el regreso. Algunos niños se nos emparejaron cantando pidiendo dinero, les dimos a algunos no sin recomendarles que no nos platicaran la canción, sino que la cantaran. Evidentemente no estaban cantando, sino pidiendo limosna lo que nos resultó lacerante.
Llegamos a donde estaba el camión, un tanto atontados aún. Nos sentamos en la barda de piedra que delimitaba el estacionamiento, desde el cual se podía ver gran parte de El Rosario. Se nos acercaron varios niños de unos 8 a 10 años a vendernos llaveros, aretes, diademas y algunas otras cosas, todas con mariposas. Al primero le recriminé que eran chinas, pero me replicó que no, que las hacía un viejito como yo en Angangueo. Le dije que me había pasado a rechingar y nos reímos. Un niño como Orel, se acercó y Chela le compró una agenda. El niño la daba en veinticinco pesos, pero chela le reclamó que el otro niño las daba en veinte y que le ofrecía quince pesos por la suya, a lo que el niño replicó que no podía porque solo se ganaban cinco pesos. Para sus siete años el niño era muy listo gracias a esa escuela que son la necesidad y la calle.
Me subí al camión porque para ese entonces me calaba la piedra en el trasero. Chela siguió afuera y le compró unos aretes a otra niña y un cenicero. Para ese tiempo ya no le decía nada a mi mujer por sus compras turísticas. Chela les compró a los niños más bien para que se ganaran algo. No dejó de recordarme al Macario que le ayudaba a María llorando para tratar de aliviar el piquete de alacrán. Rulfo sabía lo que escribía cuando hablaba de los jodidos.
Después La Mecha me dijo que cuando estaba con los niños tuvo un acceso de desesperación y miedo, acompañado de sentimientos de evasión. Se aguantó y se siguió aguantando hasta el lunes en la noche en que estalló. A mí esto no dejó de llamarme la atención, porque se suponía que el paseo era para desestresar y si no lo había logrado, entonces no era cosa de pasear para librar tensiones o emociones encerradas.
El regresó discurrió sin novedad y el domingo Chela mandó por su dotación de barbacoa. Almorzamos bien y en paz. El lunes todos a su escuela y en la noche Albia, seguramente presionada por algunos gastos que iba a hacer, que la obligaban a sustraer del ahorro para el bautizo de Yollis, se fue de la lengua con Chela, esta medio se enojó y a solas rompió en llanto. Platicábamos de la desgracia de aquello cuando bajó Albia a querer aclarar las cosas. Me fui al estudio y las dejé hablar. De pronto la supuesta charla torna ríspida, me vuelvo a hacer presente y de pronto chela señala algo. Ya está en pleno proceso de evasión.
Al igual que siempre que le dan estas crisis, intenta salir de la casa, lo que siempre impido. Pero esta vez la agarró contra mí, yo que creo no haberla provocado. De hecho debería de haber arremetido contra Albia, pero no, todo iba contra mí. Unos treinta minutos después comienza a salir de su crisis y alega cierta locura, a lo que yo contradigo argumentando que es su estilo de ordenar su cableado neural, al igual que todos hacemos cuando dormimos, cuando nos ponemos borrachos o locos, cuando nos perdemos en el sexo, el desmadre o cualquier distracción o ensoñación de esas que ya venden en bolsitas.
Al día siguiente ella sigue con la idea de la locura, pero en realidad es cosa normal en las parejas. Nos casamos siendo incompatibles, pero algunas mujeres u hombres tienen poca habilidad para sortear la incompatibilidad y van acumulando tensiones y rencores contra su pareja. La vida está llena de frustraciones que hay que aprender a torear, frustraciones que no hay que reprimir porque salen por otros lados. Raras son las parejas que son medias naranjas. El resto, nos debemos de conformar con aprender a ver de dónde vienen nuestras chiripiorcas, curiosamente, sabiéndolo, desaparecen las ansiedades que las motivan.
Chela tuvo su chiripiorca por las tensiones que hay de la familia. Ya iba mal al paseo, pero su malestar se agudizó al estar yo pensando en los gastos y en lo que había que hacer. Aunque yo no cuestionaba nada ni estaba descontento en el paseo, al preocuparme por los planes de la familia y por los que traigo personalmente entre manos doy la impresión de descontento y causo desasosiego en los que están cercanos a mí. Sin quererlo, yo fui el detonador de la chiripiorca de Chela, por eso escribo esto, para tener presente que la vida en familia, en grupo o en sociedad, está llena de incompatibilidades que nos producen chiripiocas que hay que aprender a torear.
No había razón aparente para el estallido de Chela, habíamos paseado, estábamos en paz y la discusión con Albia había sido menor. Pero Chela ya evidenciaba desde el paseo el grado de ansiedad que traía y esa ansiedad aparte de las discusiones con la familia surgió de nuestras diferencias. Chela es de un carácter más bien alegre y despreocupado. Yo soy más bien irónico y especulativo. Ella tiene toda la herencia cultural nahuatlaca y yo vengo de una cultura norteña bastante disímil de la que procuran los chilangos. Esa, a grandes rasgos, es la fuente de las ansiedades de Chela. Pero eso es lo normal. Es el punto para seguir una vida juntos o para separarse.

Jorge Luis Muñoz
Enero de 2013