Autonomía

Notas Sobre Autonomía y Resistencia Para el Siglo XXI

Consolidar un poder popular

Quetzalcóatl o el Ascenso y Caída del Poder Pastoral

Jorge Luis Muñoz
FAD-UNAM
Entender cómo se originan los poderes despóticos y como llegan a desaparecer es de vital importancia para una autonomía, tanto para su erección como para su sostenimiento.
El germen de los poderes despóticos reside en nuestra naturaleza y se manifiesta tanto a nivel individual como colectivo. Tanto a nivel individual como grupal, nuestro instinto de sobrevivencia es el principal responsable. A nivel individual el impulso vital del egoísmo nos lleva a asegurar la existencia acaparando los bienes que sirven a la vida y, por esa vía, la de atender las necesidades de la subsistencia. Es así como se arrastra a los colectivos a seguir a poderes que facilitan la subsistencia.
Quetzalcóatl es el típico individuo visionario capaz de captar situaciones favorables y oportunidades de subsistencia para él y para el grupo con el que vive. Impulsado por su natural egoísmo, logra  ser el centro organizador de su grupo. De ahí hasta la aparición del estado se funda una línea que va de la satisfacción de necesidades hasta el despotismo extra grupal. En el devenir humano esto puede durar una vida o milenios como en el caso de los egipcios.
El caso contrario lo constituyen las comunidades bajo el cobijo de algún Quetzalcóatl. Esas comunidades logran aprender colectivamente los trucos del Quetzalcóatl para la sobrevivencia y el bienestar del grupo, y poco a poco van desplazando a éste hasta que se hace prescindible. Es cuando deviene la partida del personaje y la pérdida de la organización pasando los grupos a operar sin organización alguna, dependiendo de la comunión de objetivos y acciones. Con la partida del Quetzalcóatl desaparece o se abandona su obra más no sus enseñanzas, de ahí que por el planeta abunden las ciudades abandonadas y obras inconclusas.
Pero no siempre los hombres dioses abandonan pacíficamente a sus comunidades, llegan a resistirse iniciando tensiones interminables, divisiones comunitarias y guerras. La insatisfacción de impulsos vitales, tanto de origen biológico como social, como la cohesión comunitaria, llegan a ser los antídotos con los que se combaten esas partidas violentas de hombres-dioses que han sido rebasados por sus comunidades.
Los hombres dioses llegan a ser extraordinariamente útiles a sus comunidades mientras no conduzcan hacia la concentración de poderes pastorales. Cuando esto sucede la causa suele ser la pérdida de la cohesión comunitaria que paulatinamente va pasando de la cohesión a la organización.
La organización suele ser indispensable para la realización de ciertas tareas comunitarias, pero cuando la subsistencia (biológica y social) de la comunidad requiere de ser organizada, no tardan en aparecer los poderes pastorales aunque no haya ningún hombre-dios destacado. Es decir, la falta de cohesión comunitaria crea a sus propios hombres-dioses por vía de la organización. Esto es así porque ya la organización, para serlo, requiere de arreglos verticales, finalidades específicas, cadenas de acciones y un cierto grado de enajenación.
La cohesión comunitaria por si sola evita que la organización se le sobre imponga, pero cuando falla, la propia organización propicia la aparición de dirigentes. De no rehacerse la cohesión comunitaria, siempre aparecen líderes u hombres-dioses. De aquí se desprende que la conservación de una autonomía es un asunto de hacer y rehacer la vida colectiva de la comunidad orientada a la cohesión comunitaria y no solo a la acción de grupo. Se sabe que hay cohesión comunitaria cuando, como en el caso de CECOSESOLA (la cooperativa venezolana de Barquisimeto), no hacen falta mesas de debates para dirigir las reuniones de coordinación de las actividades de la cooperativa. Dejar de regirse por hechos pasando a decidir por definiciones, teorías o doctrinas es lo que delata cuándo la cohesión comunitaria se debilita o se ha quebrado total o parcialmente.
En comunidades federadas y confederadas se impone una organización mínima por lo que parece fácil la aparición de poderes pastorales, pero no es así. Todo poder pastoral requiere de una comunidad real o formal que lo sustente y solo mediante la guerra se puede imponer una comunidad a otra. Los hombres-dios no siempre vienen de afuera, surgen al seno de las comunidades. En una comunidad integrada los hombres-dios no son predominantes.
La necesaria organización para la compartición de bienes, aguas, tierras y recursos entre comunidades federadas y confederadas requiere solamente tolerancia y contactos fundamentalmente periféricos, por lo que las comunidades a su interior poco resienten en su cohesión los efectos de la citada organización. Las influencias culturales, los conflictos intercomunales o la guerra sí pueden alterar la cohesión comunitaria, por lo que cada comunidad autónoma deberá valorar continuamente esos aspectos, porque una comunidad, a menos que sea autárquica, no puede vivir aislada.
¿Es el Quetzalcóatl el origen de la sociedad? De ninguna manera la sociedad se origina a sí misma producto de otro impulso vital: el impulso gregario. Este impulso parece haber emergido de la necesaria colaboración de la especie para sobrevivir. La acción socializante del hombre incardina en el cuerpo y se manifiesta como un impulso promovido por las neuronas espejo y la oxitosina.
Los impulsos vitales egoísta y gregario conviven exitosamente en el devenir de la especie. Ambos se retroalimentan e históricamente, uno u otro, llegan a predominar o a actuar equilibradamente dando origen a sociedades despóticas (predominio del impulso egoísta), comunidades sin dios sin ley ni rey, como las descritas por Clastres, en las que la interacción de ambos impulsos es equilibrada o a sociedades como las descritas por Sejourne (“desearía subrayar el rasgo más des concertante del carácter de esta gente arcaica: la inexistencia absoluta de autonomía y de conciencia individuales” ) en las que impera el impulso gregario fundiendo a cada individuo en el grupo.
Que aparezca una u otra sociedad depende del grado de éxito que alcancen las medidas destinadas a la sobrevivencia y al bienestar social, ya sean impulsadas por hombres-dioses o por comunidades. Es decir, dependen de la organización social o de la integración comunitaria. En el primer caso surgirán sociedades despóticas, en el segundo comunidades autónomas. La organización social temporal conviviendo con algún tipo de integración comunitaria da origen a sociedades equilibradas que aprovechan oportunidades de sobrevivencia y bienestar sin perder la cohesión comunitaria, tal es el caso de las sociedades mesoamericanas y al parecer de los egipcios, entre otras sociedades.
Ejemplo de lo anterior son las comunidades mexicas que participaban en la guerra mediante la cual obtenían beneficios a la vez que conservaban una estrecha vida comunitaria. Los Tupinambá de Clastres hacían la guerra bajo las órdenes de un jefe, cuyo mandato desaparecía al acabar la guerra.
La tipología social propuesta es solamente indicativa, porque en la realidad ocurren diversas modalidades sociales que van desde sociedades sin individuos (como las de Sejourne) hasta sociedades formales (atomizadas en la realidad) como la capitalista y su individualismo exacerbado, pasando por sociedades con diversos pesos no solo de los impulsos gregario o egoísta sino de otros impulsos que, aunque orientados a funciones diversas, matizan a los impulsos dominantes; tal es el caso de los sentimientos (emociones sostenidas), la racionalidad o la atención.
Pero el hombre-dios no siempre emerge de las sociedades, muchas veces, especialmente en nuestro tiempo, viene de afuera de las sociedades y de las comunidades, se impone a través de la guerra o de su carisma. Usualmente generan organización, crean sistemas o se montan en los sistemas existentes. Una vez que desaparecen, su organización suele persistir y heredan una cauda de hombres-dioses las más de las veces mediocres montados en los sistemas u organizaciones que aquellos crean. Tal es el caso del poder pastoral que conocemos, plagado de políticos y dirigentes mediocres. Esos sistemas duran de acuerdo con su eficiencia para apoyar la subsistencia, manejar la imaginación humana, seducir, manipular, engañar o reprimir (o todo ello como en la actualidad).
Hasta ahora, y desde hace unos cinco mil años, hemos conocido como los sistemas despóticos se suceden uno a otro; a la vez que las comunidades integradas ceden terreno quedando como curiosidades antropológicas. De antes de esos cinco mil años poco sabemos, como poco sabemos de las comunidades que sobrevivieron fuera de los imperios.
Hoy sabemos también que aún en el más despótico de los sistemas, como el capitalismo, sobreviven tendencias aglutinantes de la gente, como nos lo muestra la solidaridad ciudadana vuelta a emerger en este temblor de septiembre . Quizá los impulsos biológicos que nos hacen gregarios, impulsen para que no desaparezcan las posibilidades de que nuevamente emerjan sociedades y comunidades en las que, como dicen los zapatistas, “quepan muchos mundos”.
Cultivar tendencias gregarizantes que el consumismo individualista pretende soterrar, sería una buena manera de incrementar posibilidades de renacimiento de comunidades autónomas.

Xochimilco CDMX
Septiembre de 2017

Bibliografía

López Austin, Alfredo. Hombre-dios. UNAM, México, 1989

Clastres, Pierre. Investigaciones en antropología política. Ed. GEDISA. Barcelona 2001

Sejourne , Laurette. Supervivencias de un mundo mágico. Ed. FCE. México, 1985

Clastres, Pierre. La sociedad contra el estado. Monte Ávila ed. Caracas, 1978.

Diario “La Jornada” del 21 de septiembre de 2017, México.