Autonomía

Notas Sobre Autonomía y Resistencia Para el Siglo XXI

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Dios está aquí


Dios es una idea muy poderosa capaz de proporcionar alivio, cambiar conductas, dirigir toda una vida o dar sentido a la existencia. La idea es simple y extraordinariamente intuitiva, basta un poco de fe para comenzar a sentir sus beneficios. Dios puede ser, además de todo, fácilmente sustituido proporcionando los mismos resultados. Pueden un padre o madre muertos sustituir a Dios, pese a que detrás de ellos Dios aparezca omnipresente. Igual puede hacerlo un ídolo, una imagen o incluso una idea.
El señor de Chalma y un sinnúmero de santos en todo el mundo rápidamente ocupan el lugar de Dios y es que la fe es la que hace todo el trabajo. Poco importa si el objeto de la fe es Dios, algún santo, un ídolo, una imagen, una idea o una meta u ocupación en la vida. Por ello no debería de cuestionarse a Dios.
Creer en Dios en más bueno que malo porque es tan solo uno de los pisos en que se ordenan nuestros circuitos neurales. Eso lo ejercían los mesoamericanos de manera magistral con su panteismo, en el cual todos los dioses cabían.
Puede decirse que Dios es natural, que corresponde a nuestra primera intuición, aquella que atestigua el nacimiento de plantas y animales y que permite inferir el nacimiento propio. Ni siquiera hace falta la pregunta acerca de nuestro origen. Nuestra primera intuición capta de manera espontánea que todo lo que nos rodea, incluidos nosotros, es producto de ese mismo todo. Esa intuición primigenia es Dios, la cual se va a transformar en alguna versión de las que conocemos o hemos oído que existen. Esa intuición va a surgir como idea (Dios), como horror (de esos que armaron algunas religiones) o como guía de la existencia.
Creer en Dios es natural de varias maneras, lo es por una intuición primigenia, lo es como objeto de fe y lo es como circuito neuronal recurrente típico del funcionamiento y la estructuración neural del cerebro. Por ello, cada autonomía podría cultivar a su propio Dios con tal de que evitara que alguna jerarquía se lo apropie y administre.
La intuición primigenia nos ubica en contexto mediante la idea de Dios. La fe nos guía en la vida. Por su parte la estructura neural es nuestro impulso vital y nuestra posibilidad de hominización biológica. Como idea, como fe o como impulso vital Dios está siempre con nosotros, de eso se dieron cuenta en las culturas antiguas, por eso se movieron del politeísmo o panteísmo (en que cada quien podía inventar a sus dioses) al monoteísmo (con deidades irrepresentables) y viceversa, seguramente buscando burlar a quienes se apropiaban de los dioses o pretendían serlo.
Dios como intuición primigenia es producto de procesos “inconscientes” que crean una estructura perceptual tendiente a la conservación de la vida, según el medio en que se encuentre. De esa manera las sinapsis que el cerebro construye tienden a guardar cierta coherencia, la cual tiene que estar rehaciéndose a diario ante las contradicciones que surgen espontáneamente ante los seres vivos.
De ese hacer y rehacer sináptico surgen las primeras nociones del origen de las cosas, mismas que finalmente dan con Dios. Por ejemplo, para un cazador, por razones obvias, es muy conveniente saber de dónde vienen los animales. De forma similar para un ciudadano de nuestras urbes modernas, resulta conveniente saber dónde buscar empleo, lo cual es vital para su subsistencia. Esa búsqueda de dónde salen las cosas es la que da con Dios mediante un proceso “inconsciente”. La idea de Dios emerge como una intuición, la cual es idéntica a esas ideas de las que estamos completamente seguros pese a no tener certeza de su razón de ser. De esto la filosofía y la ciencia actual han dicho mucho.
La intuición de Dios es como cualquier intuición ya que puede ser conservada, desechada, modificada, sustituida o mantenida en latencia. En todos los casos la intuición resulta sumamente útil para el individuo por todas las operaciones que puede hacer con ella, lo cual en todos los casos proporciona un referente para el individuo sea de orden mental, social, conductual, etc.
Para entender a Dios como fe, basta entender que el mal llamado “inconsciente” es el que verdaderamente nos gobierna. Ese inconsciente es el que decide y del cual la consciencia es solo un pálido reflejo. La idea de Dios puede llegar a conformar un área cerebral como la de broca e incluso como la amígdala cerebral y convertirse en fanatismo y por esa vía migrar al horror que casi todas las religiones experimentan. De noción holística Dios puede pasar rápidamente a ser referencia monotemática automática y degenerar fácilmente en eso que conocemos como estupidez humana.
Cuando la noción de Dios logra constituir alguna área cerebral, como las citadas de  Broca o la amígdala, entonces todo nuestro hacer, nuestro decir o pensar llega a pasar por esa área reduciendo la capacidad combinatoria que naturalmente tiene el cerebro (capacidad sináptica). De ahí a un hacer, pensar o decir limitado no hay mucha distancia y ese es el camino más rápido para el cultivo de la estupidez.
Pero el camino hacia la estupidez no es un riesgo exclusivo de la creencia en Dios, en realidad cualquier sustituto de Dios corre el mismo riesgo. El caso más reciente es el del marxismo, el cual rápidamente evolucionó hacia la ceguera y de ahí hacia la estupidez. Todavía en los 70s y 80s del siglo pasado si no se era marxista se era un reaccionario (para un marxista), un revisionista, un pequeño burgués, un enemigo del pueblo o de plano un culero. Otro caso es el de la ciencia, la cual al pasar a ser gobernada por los poderes pastorales, acabó solo sirviéndoles a ellos, alejada de la vida de la gente y solamente produciendo y reproduciendo al discurso dominante. Cualquier otra posibilidad de discurso o vida fuera de la ciencia es imposible bajo la mirada de esta.
El marxismo en su momento fue un discurso para los pobres que se perdió entre las ansias de poder de arribistas y alucinados. Más grave es el caso de la ciencia la cual socava la tendencia natural del hombre de comprobar lo que dice y hace; al pretender que solo las reglas y métodos científicos son los únicos para validar un conocimiento o saber.
Dios como fe no es otra cosa que un conjunto de redes neurales recurrentes (manifiestas como un Dios material o incorpóreo, una serie de principios morales, científicos o filosóficos, una obsesión o un hacer) a veces estereotipadas; que llegan a ser lo que permite centrarnos en la vida. Al centrarnos en torno a algo (una idea, unos principios morales o filosóficos, una patria, un Dios, etc.) hacemos girar el significado de todo lo que es importante en nuestra vida (que no necesariamente para la de los demás) en torno al eje referenciado ya sea de manera consciente o “inconsciente”.
Esa fe también puede ser madre de múltiples y reiterados errores o inconveniencias para la vida, pero nos ofrece un marco para la atenuación o solución de los mismos o, en su caso, dicho marco puede ser el camino hacia el fanatismo.
La fe en conjunto de otras redes neurales recurrentes (nociones, ideas, haceres, etc.) puede constituir el marco referencial total que nos ubica en nuestra realidad, en donde la fe juega un papel principal aunque no necesariamente dominante. Dependiendo de la plasticidad de dichas redes y de su adecuación con el contexto, resultarán más o menos eficaces para favorecer los impulsos vitales personales y colectivos.
Un artista se mueve dentro de una fe muy cercana al fanatismo; lo mismo ocurre con las personas muy religiosas. Pero no solo ellos, casi todos nos agarramos a lo que decimos, hacemos o pensamos como a un clavo ardiente, manifestando con ello una fe a veces deformada, a veces equilibrada o de plano demencial. Ejemplo de ello son artistas como Dalí, santos como el de Asis o caudillos como Villa.
Dios como circuito neural recurrente ocurre cuando logramos conformar (o se nos induce dicha conformación) redes neurales muy interconectadas sin llegar a conformar alguna área como la de Broca o la amígdala citadas. Aquí estamos ante la propiedad de ignición de los circuitos neurales, los cuales se encienden en su totalidad si se enciende alguna de las partes de la red. Esto es, sin llegar a poseer una gran fe, nos constituimos en creyentes de Dios (cualquiera que sea la representación que le demos: Buda, Huixilopochtli, Jesús, etc.). Nos limitamos a creer en él. A ese tipo de creencia pertenece la mayoría de la humanidad.
Creer en Dios tiene la grandísima ventaja de que permite hacer coherente casi cualquier pensamiento, cualquier acción o cualquier idea por absurda que parezca. De esa manera un jugador se encomienda a Dios para  que le ayude en su juego sin que esto lo obligue a ir a alguna iglesia o profesar algún culto. Algunas damas se persignan ante la iglesia aunque no vayan a misa. Esto no es arbitrario ni simulación o hipocresía, simplemente ahí está la red neural recurrente conectada con el resto cerebral, la cual al encenderse induce cierta actividad cerebral que tiende a hacer coherente lo que se dice, piensa o hace con la noción de Dios. Es por ello que se puede asesinar, violar, robar, etc. en nombre de Dios. Tal es el caso que nos narra Foucault en su Obra “Yo Pierre Riviere…”. Más graves son los ejemplos de la inquisición y las guerras santas.
Es pues natural organizarse en torno a Dios o en torno a cualquiera de sus sustitutos. La idea de Dios es muy simple y por ello la gente la sigue espontáneamente antes que a cualquiera de sus sustitutos (una doctrina, ciertos principios, alguna personalidad, líder o caudillo, etc.). La noción de Dios es pues vital para la gente es un impulso vital que requiere ser guiado, conformado, pulido y continuamente redirigido. La noción de Dios es como el hambre, la sed, el impulso sexual o cualquier instinto: está dentro de nosotros, lo conformamos con nuestra experiencia familiar, personal y social, por tanto es asunto personal y colectivo darle la forma y el tratamiento que más convenga a las personas y colectivos. Es imprescindible no dejarlo en manos de charlatanes, oportunistas o sinvergüenzas. Así como se decía que “a las mujeres ni todo el amor ni todo el dinero”, de igual manera, a todo Dios, idea, doctrina, principios morales o filosofía ni todo el amor ni todo el dinero. Hay que aprender a reconocerlos como centradores, como equilibradores en un conjunto de otros equilibradores humanos que espontáneamente utilizamos para conducirnos en la vida.
Toda autonomía es responsable del Dios o de los dioses que se muevan en su seno.

Julio de 2014
Jorge Luis Muñoz