Autonomía

Notas Sobre Autonomía y Resistencia Para el Siglo XXI

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Darle la vuelta al sistema

El sistema hace carne en nosotros, nos copa, nos divierte y nos da de comer. Es casi imposible escapar de él tal y como lo atestiguan el cúmulo de revoluciones antisistémicas que han acabado en versiones más o menos cercanas al sistema que repudiaban. Ciertamente que la Rusia comunista no era una Rusia capitalista, pero el caso no era el nombre sino la opresión capitalista que finalmente se reprodujo como una opresión socialista.
No parece haber modo de escapar del sistema, sin embargo hay al menos dos alternativas. Una consiste en aprovechar nuestra individualidad única e irrepetible, la cual por más que se quiere estandarizar, siempre permanece única. Esa posibilidad de unicidad es en primer lugar orgánica. A partir de ella podemos explorar lo que nos conviene, lo que se puede o lo que podemos o nos gustaría. Sabemos que por más que nosotros quisiéramos no ser únicos, lo somos, estamos condenados a serlo, descubrir esa unicidad, cultivarla y tomarla como guía de vida es una real posibilidad de escapar del sistema. Escapar no en un sentido de huida, sino en el sentido de contar con una posibilidad de no reproducir la vida miserable a la que nos condena el capitalismo.
Hay pues una posibilidad individual de no ser la cola de autobús para la que se nos prepara, por más que el sistema incardine en nuestro cerebro y en todo nuestro cuerpo, por más que el sistema sea la cultura madre en la que nos hominizamos. Cabe pues la posibilidad nietscheana de trascender nuestra cultura.
La otra posibilidad de escape es la de construir autonomías, construir lugares que nos arropen, que no nos alimenten con sueños tramposos ni nos obliguen a regalar nuestro trabajo para sobrevivir. Lugares en donde la educación no obedezca a necesidades de capitalización ni de adoctrinamiento, en donde la diversión no sea escape de frustraciones ni la vida una miseria que se arrastra hasta morir.
Nosotros somos el estado o el que nos oprime. Lo somos porque nuestro modo de vivir, de decir y hacer produce y reproduce el poder que nos oprime, nuestro modo de vida es lo que alimenta el dolor, la desesperación, la amargura, la frustración y todo lo malo que percibimos. Lo peor es que parecemos no darnos cuenta de eso y por lo tanto ni siquiera deseamos cambiar.
Para dejar el hambre, la enfermedad, la opresión, los empleos mal pagados, las jornadas esclavizantes y los empleos frustrantes y agobiantes, necesitamos cambiar nuestro estilo de vida. En primer lugar debemos abandonar nuestra propensión a buscar empleo, en segundo lugar debemos buscar nuestro entretenimiento entre la familia y amigos en vez de recurrir a los espectáculos y los media y en tercer lugar debemos abandonar a las escuelas que es (junto con los media) el lugar en donde nos amaestran para ser como somos, para vivir como vivimos.
Buscar nuestro sustento de otra manera se puede: ahí están los llamados toreros que burlan a la policía a cada momento vendiendo sus cosas, los torteros y puesteros que compran su independencia dando mordidas, pero que bien podrían no hacerlo si estuvieran unidos. Ahí están también los vagoneros del metro, los piratas de Tepito, los taxistas, los indios y los que se remontan a la sierra buscando su libertad.
Abandonar a los media es aún más fácil, basta sacar a primer plano lo que hacemos hoy sin que se note: las charlas con los amigos, las fiestas de cumpleaños, del santo patrono o por lo que sea, las copas o cervezas los fines de semana o cuando se puede, el sexo con la vecina o con la novia del barrio, los juegos de los niños en todos lados, incluso en la calle, la grilla en la colonia o en el centro cultural local, el grupo de teatro, de canto o los grupos deportivos, de música, etc. Dejar a los media en segundo plano es posible con tan solo comenzar a crear la idea de autonomía de las comunidades.
Dejar la escuela puede ser un poco más difícil porque responde a una estrategia de cuidado de los hijos, al margen de ser requisito de incorporación al estado. Dejar la escuela parece que solo podrá ser posible si las comunidades se autonomizan y ellas mismas tomas en sus manos la educación de sus hijos. El abandono de la escuela debería traducirse en un abandono del esquema homogenizante y no en un abandono físico de edificios. Dejar la escuela quiere decir que las comunidades son las que deben dictar contenidos y formas de impartición de la educación.
Los maestros Yogis se fundamentan en un escape individual del sistema, pero esto solo lo fortalece porque entumece voluntades y desactiva a los individuos. Dejar al sistema tiene que ser un movimiento colectivo que responda a nuestras inclinaciones biológicas que es en donde se asienta el sistema.

Agosto de 2014
Jorge Luis Muñoz