Autonomía

Notas Sobre Autonomía y Resistencia Para el Siglo XXI

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Capitalismo, Subordinación y Estrés

Jorge Luis Muñoz
Profesor de la FAD-UNAM, México

Usualmente la adrenalina y la cortisona nos preparan para la acción, en ausencia de estas sustancias que genera nuestro propio cuerpo discurrimos más bien inactivos o con escasa movilización. De hecho, de manera natural evitamos cualquier cosa que nos mueva y solo abandonamos la inercia cuando se nos obliga o nuestros impulsos vitales se imponen. Los seres humanos para realizar cualquier esfuerzo extra requerimos de una preparación orgánica previa.

Ciertas circunstancias de la vida son interpretadas por nuestra constitución neurológica como potencialmente peligrosas para la subsistencia, ante lo cual se segregan sustancias como la adrenalina y la cortisona que nos preparan para enfrentar esos peligros potenciales. Solemos “quemar” esas sustancias mediante la movilidad para la que preparan, pero al no ocurrir esta, se quedan en el cuerpo. Un exceso de cortisona o adrenalina se manifiesta generalmente como estrés, produciendo irritación, agresividad o inquietud.

Los sistemas despóticos requieren de tener a la población movilizada mediante un continuo estado de tensión para efectos de hacerlos creativos, móviles y dispuestos al servicio. Una forma fácil de inducir esa movilización es propiciar el disparo de sustancias como la adrenalina y la cortisona. Esto conlleva efectos secundarios que llevan a un estado conflictivo perenne manifiesto como continuos conflictos en la familia, entre hermanos, vecinos, compañeros de trabajo, condiscípulos, vecinos y en todo lugar en donde exista un mínimo roce social.

No deja de ser raro que la gente esté más dispuesta al conflicto que a la conciliación, dado que biológicamente estamos preparados para ambas circunstancias. El impulso vital de la conservación de si mismo o egoísmo nos predispone al conflicto. En contraparte las neuronas espejo y la oxitocina abren el camino para la conciliación. En realidad la diada conflicto-conciliación es la expresión de los impulsos egoísta y el gregario que trabajan complementándose. El primero vital para la sobrevivencia individual y el segundo vital para la sobrevivencia grupal y por esa vía también garante de la subsistencia individual.

Los sistemas despóticos cultivan al impulso egoísta dejando al gregario a su suerte o utilizándolo cuando resulta conveniente a los poderes pastorales, como es el caso de la familia (grupo unido por el impulso gregario que se utiliza para aportar miembros a los poderes pastorales). De esa manera el impulso del egoísmo se impone a los demás mecanismos del hacer humano.

Los sistemas despóticos se alzan teniendo como base el control de la subsistencia. De esa manera resulta explicable que el conflicto fundado en el egoísmo se imponga a la conciliación, aunque al parecer solamente lo hace en un ambiente en que las posibilidades de sobrevivencia escapan a las partes en conflicto o conciliación, concentrándose en manos de los aparatos de control de los poderes pastorales. El estado permanente de conflicto delata un permanente estrés.

Vivir en un estado de estrés es vital para el capitalismo como lo fue para los imperios antiguos, los de la edad media occidental o los chinos. Los reinos americanos inducían del estrés mediante la promoción de la guerra y los sacrificios humanos. En contrario, las comunidades americanas habían remediado los conflictos religiosos mediante un panteísmo en el que solamente sobresalían algunos dioses como Quetzalcóatl.

El estado de estrés es vital para la competencia. Excesos de adrenalina y cortisona, entre otras sustancias preparan al cuerpo para actividades extraordinarias que pueden ser dirigidas hacia la creatividad (tan cara al capitalismo), la movilidad o al conflicto. Como no siempre es posible una redirección hacia la creatividad o la movilización (hiperactividad), las más de las veces los excesos de sustancias estresantes se manifiestan como agresividad.

Inducir la secreción de sustancias estresantes es medianamente sencillo, basta amenazar o mantener amenazada la existencia y esas sustancias se segregan regularmente. La posibilidad de pérdida del empleo, llamadas de atención,  regaños, la angustia debida a un transporte masivo saturado, la sobrecarga de trabajo, los bajos salarios, el encierro en el empleo, el hogar o la escuela o el manejo del miedo (temor al terrorismo, la delincuencia o los accidentes) son grandes productores de sustancias estresantes.

Los imperios antiguos se valieron principalmente de la amenaza directa a la vida para producir un estrés constante. La edad media fue el reino de la amenaza divina concretada en el más allá y en el más acá. Actualmente son las amenazas en torno al empleo, los bajos salarios, la inseguridad y la insatisfacción (vidas enajenadas de lo que hacen, falta de realización, trabajo y encierros excesivos, etc.) las principales fuentes de sustancias estresantes. Se logra así mantener una tensión de bajo perfil que puede utilizarse en cualquier momento redirigiéndola hacia donde los empleadores, los líderes o los jefes quieren o les conviene.

Todo sistema despótico, desde hace unos doce mil años, crea una cadena vertical de estrés y todos, el déspota incluido, promueven el estrés a la vez que son víctimas del mismo. El déspota azuza al capataz, al gerente o al jefe a fustigar a los subordinados, creando los estados estresantes que conocemos. Cada subordinado a su vez azuza a sus subordinados o fustiga a sus iguales para realizar tareas que por su naturaleza son estresantes (encierros, tareas monótonas, peligrosas, etc.). No parece que el déspota escape a ese círculo vicioso del estrés en tanto que requiere del ejercicio del poder para mantenerse como tal.

A nivel masivo el estrés se trata de paliar con recetas provenientes de la meditación, la PNL, la IE, los horóscopos y miríadas de consejas provenientes de gurús o improvisados consejeros sexuales, matrimoniales, de padres, de adolescentes, etc. que pueblan los medios masivos de comunicación, especialmente la TV, la radio, el cine y los medios impresos.

Los mismos medios que dispendian consejas son los principales inductores de estrés. Al instar a perseguir sueños, metas en la vida, reflexión sobre los hechos y sobre todo, al promover comerciales. No solo incardinan creando necesidades que la mayoría de las veces no pueden cubrirse, sino que arrancan a la gente del presente haciéndola vivir en el pasado o en el futuro (persecución de sueños y metas en la vida) creando remordimientos y frustraciones que avivan el estrés.

Vivir en el estrés es lo normal en el sistema capitalista y en todo sistema bajo un poder pastoral. Escapar del estrés estando dentro del sistema o subsumido formalmente (por ejemplo los pobres atrapados por el consumismo) en él, es imposible. No bastan los fármacos ni las drogas, ni son suficientes los yoguis ni los consejeros ni los motivadores ni toda la autoayuda que se pueda uno dispensar.

Cuando nuestros malos humores estallan propendemos de una manera natural a justificar el hecho. La culpa la tiene el otro, la situación o un tercero. De esa manera el estrés y sus fuentes permanecen ocultos. Nuestros malos humores solo van a llamarnos la atención cuando nos meten en problemas mayores. En tanto, vivimos como normal una vida desgraciada, plana, vacía y estresada. Importa mantener al individuo con excesos de cortisona y adrenalina para movilizarlo cuando se desee, el bienestar del individuo poco importa, lo más que llega a merecer es un discurso o una promesa.

La actividad biológica que produce el estrés se transforma en figuras sociales tales como el estatus, el mando, la comodidad, el consumo, la felicidad, etc., etc. Estas figuras sociales a su vez incardinan como redes neurales. Es decir, así como la actividad neural se manifiesta en la sociedad, la sociedad se hace carne en redes neurales. Al provenir del interior del cuerpo humano dicha actividad biológica aparece como normal. De esa manera el estrés es solo objeto de consejas o fármacos.

Saber de dónde vienen nuestros malos humores, nuestra propensión al pleito y en general saber de dónde viene nuestro estrés, puede paliar al mismo. Sin embargo, el estrés inducido por los poderes pastorales solamente desaparecerá cuando la subordinación lo haga. Romper la cadena de ese estrés debería ser una de las tareas prioritarias de las autonomías. Debería llegar un día en que manejemos nuestro propio estrés dirigiéndolo hacia nuestras tareas y las de los nuestros.

Agosto de 2017