Autonomía

Notas Sobre Autonomía y Resistencia Para el Siglo XXI

revolucion

La Autonomía como Experiencia

Jorge Luis Muñoz

Construir una autonomía se dice fácil, pero es inimaginable cuando se está dentro de algún sistema, particularmente dentro del sistema capitalista. Es decir, todo lo que huela a autonomía dentro del sistema capitalista será parte del propio sistema y de ninguna otra cosa más. El sistema es como un cerebro el cual no puede dejar de pensar cómo piensa y ese pensamiento domina todo su ser y hacer. Un cerebro al igual que el sistema está atrapado y atrapa en su propio cableado neural y, aunque se plantee salidas todas ellas llevan a lo mismo, a la producción y reproducción del sistema. Esto entendido como la producción y reproducción de sus principales pautas, mismas que son las que retrasan los cambios y hacen lentas a las transformaciones revolucionarias.
Lo anterior implica que somos autómatas defectuosos o que actuamos muy ajenos al famoso libre albedrío que se nos atribuye. Más bien parece que el tal libre albedrío es una estrategia de dominación al igual que lo es la noción de libertad y el tan mentado YO (que socarronamente aparece en los "yo creo", "yo pienso", "es mi humilde opinión", "desde mi punto de vista", etc.). La democracia es quizá el más grande monumento contemporáneo a ese libre albedrío, ya que en ella solo nadan los peces gordos, aspirándo el resto a ser solo rémoras.
No obstante, dentro del sistema ocurren mil tendencias que escapan a él pero que no prosperan porque se las deja a la deriva mientras que las cosas del sistema son atendidas, alimentadas e incluso cuidadosamente incubadas, construidas y puestas en marcha. Ejemplo de lo anterior son los aparatos represivos, las leyes, la empresa capitalista, las elecciones, etc.
Dentro de esas mil tendencias que escapan al sistema está la experiencia vívida. Algunas de sus expresiones se cultivan, otras ocurren a la deriva y desaparecen o tienen periodos de vida cortos, intermitentes o intrascendentes. Los dominios de la experiencia se distinguen de los capitalistas por ocurrir al margen de la lengua, del pensamiento intensivo y por supuesto de la ciencia y del conocimiento y, en general, del aparato capitalista (razón, capital, ley, lealtad, empleo, teoría, etc.).
En realidad, la experiencia vívida domina nuestro hacer. El propio capitalismo ocurre adyacente a la experiencia, ya sea en planos secundarios o totalmente subordinado a la experiencia. Pero, aunque la experiencia vívida aparece a cada instante, los sistemas siempre están intentando torcerla o que trabajen en su favor. En gran parte lo logran, pero la experiencia nunca pierde presencia ante ninguna teoría, regla, ley o cultura: de ahí el cambio social. De lo anterior se desprende algo muy importante: si en vez de atender lo que hacemos de cotidiano, pusiésemos algo de esfuerzo en procurar, alimentar y hacer crecer los productos de algunas de nuestras experiencias (trabajo en grupo, cultivos musicales, etc.) ningún sistema, ni el capitalismo serían posibles. Pero el sistema por eso es sistema, porque funciona sin déspotas, ni tiranos ni mandamases. Es la gente la que los sostiene.
El sexo en acto es una de esas experiencias vividas (no el sexo dirigido en su preparación o concepción). También lo son las llamadas experiencias errantes como las que narra Duvignaud, algunas fiestas populares como la de la santa cruz o la peregrinación a Chalma. En esas manifestaciones sociales los preceptos se diluyen, los liderazgos también. El poder pastoral no cabe, salvo subordinado al hacer de la experiencia.
Al margen de los preparativos y de la idea que deja el sexo, el acto ocurre como experiencia, de tal modo que preparativos e ideas posteriores solo son adyacentes subordinadas a la experiencia del sexo. Nada sustituye al sexo mismo, ni siquiera la pornografía lo logra, si no, ahí está la prostitución para demostrarlo. Nada sustituye al baile en las umbandas brasileñas ni nada sustituye a la experiencia de los cabritos en el Magreb.
Del mismo modo nada sustituye al caminar en las peregrinaciones como la del señor de Chalma. Caminar es una experiencia que no requiere de hablar ni de teorizar, ni de asistencias, músicos, comparsas, fe, tradiciones, líderes o juramentos. Sin embargo, ocurren asistencias, juramentos, actos de fe, etc.; pero lo hacen como meros complementos del peregrinar. El peregrinar adquiere sentido por el mismo. En este caso el caminar sumerge en una actividad vital que es la de recomponer el cableado neural cerebral. Caminar es como dormir o meditar. La rutina del andar, del peso y del sufrimiento provoca ese sumergirse en sí mismo que para el cerebro es vital, como lo es el dormir, la borrachera o el abandono de sí.
La intuición busca en la experiencia errante, en la chalmeada (la peregrinación a Chalma), en la borrachera lo mismo que el cerebro busca en los caminos hacia la dopamina: la rehechura de su propia vitalidad; que es lo mismo que busca con el alimento, la bebida o el descanso. Por ello, aunque el capital se empeña en acotar a la experiencia no lo logra ni lo logrará jamás a menos que nos convierta en inútiles marionetas o zombis a su servicio. Si eso ocurriera ya nada importaría. La experiencia es el límite de la manipulación que se puede lograr mediante el uso de las neurociencias, las drogas, el engaño o la fuerza. O sea, en donde comienza la experiencia se extingue todo lo anterior, se subordina o se subsume.
Es por ello que experiencias como la chalmeada no se extinguen ni pueden ser lideradas por nadie (aunque por intentos no se para). Ocurre por sí sola y puede existir sin asistencias (comidas colectivas), sin músicos, sin comparsas ni reconocimientos ni regalos.
Una autonomía se funda en experiencias o no es autonomía. En una autonomía el pensamiento cede ante la experiencia manejada por la intuición. La lengua cede ante el habla y el hacer. El entendimiento interhumano nace del común hacer y no de programas, teorías o reglas. Una autonomía es una riada de experiencias que arrastran a la gente tal y como la chalmeada arrastra al sur de la Ciudad de México. Tal y como las peregrinaciones, las umbandas, los bailes y el esparcimiento arrastran a todos.
No es difícil identificar a la actividad vital del cerebro (y de todo el cuerpo humano) que es la base de la experiencia: divertirse, perderse (como en la chalmeada), comer, beber, hacer el amor, dormir, son otras tantas actividades vitales que ocurren al margen de los sistemas. Los sistemas siempre intentan controlar estas experiencias, las intentan dirigir y redirigir, aunque se les escurran entre las manos. Dirigir todo lo vital hacia la experiencia arrancándoselo al pensamiento capitalista, a la lengua y en general a la dominación es el camino que lleva a la autonomía y que nadie sabemos cuál ni cómo es salvo los que lo caminan (y no el que lo camina en el sentido individualista-consumista). Pero para que no quede esto demasiado en el aire, hay que decir que una autonomía moderna comienza con la procuración de su propio empleo y de su propio entretenimiento.

Noviembre de 2016
Xochimilco, Cd. De México.