Autonomía

Notas Sobre Autonomía y Resistencia Para el Siglo XXI

Teoría autonomista

De la “sociedad del conocimiento” a la “sociedad del afecto”

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De la “sociedad del conocimiento” a la “sociedad del afecto” en la perspectiva de la Teoría de la praxis

Por Marco Eduardo Murueta (UNAM Iztacala, AMAPSI)

Hacia la construcción de un mundo posible fue el lema adoptado por el Comité Organizador del IV Congreso Latinoamericano de Alternativas en Psicología, realizado en Morelia en marzo de 2007. Hay una obvia referencia al lema “otro mundo es posible” postulado por los altermundistas, conocidos inicialmente como los “globalifóbicos”. Sólo que en el caso del Congreso de Alternativas en Psicología se incluye expresamente el compromiso con la “construcción” de ese otro mundo posible.
Antes del desvanecimiento del proyecto de la Unión Soviética y de los países socialistas de Europa Oriental alrededor de 1989-1990, ese otro mundo “posible” se conocía precisamente con el nombre de “socialismo”. Pero las desilusiones y el desprestigio en el que cayeron los gobiernos y los partidos que tomaban esa palabra como símbolo, dieron lugar –entre otras– a las siguientes tendencias:

  1. Se consolidó la idea de algunos acerca de que los proyectos socialistas son absurdos, equivocados y contrarios al bienestar y a la libertad de los seres humanos, por lo que –para ellos– sólo quedó vigente un sólo modelo de vida humana: el capitalismo, cuya expresión extrema se conoce actualmente como “neoliberalismo”. Dado este modelo mundial, se ha enarbolado el concepto de “globalización” tomando como referencia la idea de la “aldea global” que McLuhan (1996) postulara cuando advirtió el poder de captación y de influencia de los medios masivos de comunicación, especialmente de la televisión. Con la evolución de las computadoras, los teléfonos celulares y la internet,  Castells (1999) pensó que se estaba entrando a una nueva etapa humana, la Era de la información, y Peter Drucker (1999) concibió su evolución hacia la Sociedad del conocimiento. Este es el enfoque predominante en organismos internacionales, gobiernos, universidades y academias.
  2. Por otra parte, cobró auge el movimiento intelectual de la posmodernidad, crítico del cientificismo, el racionalismo y el instrumentalismo característicos de la “modernidad”, cuyos antecedentes pueden remontarse a los críticos del pensamiento kantiano: Fichte, Schelling, Schopenhauer, Nietzsche, Max Weber y Heidegger. El movimiento de la posmodernidad toma forma durante la segunda mitad y finales del siglo XX con autores como Foucault, Habermas, Lyotard y Castoriadis, entre otros. Los autores de la posmodernidad no proponen con claridad un proyecto social alternativo a la “modernidad”, porque eso sería tanto como caer en lo que critican al proponer un nuevo modelo con pretendida validez universal. De tal manera que implícita o explícitamente se valora y se promueve la diversidad, la autonomía y la dispersión, es decir, el individualismo que –a pesar de la crítica a la modernidad– encaja muy bien en la ideología moderna de la globalización capitalista y la democracia.  Cada quien su mundo, cada quien sus intereses y sus propios valores; que sean los números de votos o la oferta y la demanda los que decidan lo que quiere la “ciudadanía” impersonal, sin diálogo, sin consensos; como si el poder de influencia de los dueños de los medios masivos de difusión no fuera un factor determinante.
  3. También se desarrolla y consolida la propuesta epistemológica de “la complejidad”, de la relación entre orden y desorden, de la racionalidad e irracionalidad, sostenida por autores como Edgar Morin y Niklás Luhman. La propuesta fundamental de este enfoque es la contraposición a la idea epistemológica cartesiana de que la ciencia, el conocimiento, consiste esencialmente en reducir lo complejo a sus partes más simples, a través del “análisis”. En lugar de ello, los autores de la complejidad se proponen reivindicar la “síntesis” para comprender los fenómenos integralmente, en su complejidad, integrando conceptos “borrosos” (Morin, 2001). 

Así, en relación con la vida social contemporánea, una conclusión general a que llegan Morin, Ciurana y Motta (2003) es la siguiente:
“En este siglo XXI… es esencial para la creación de condiciones de posibilidad de la emergencia de una civilización planetaria… repensar el concepto de desarrollo (…) debe concebirse de forma antropológica… el verdadero desarrollo es el desarrollo humano… (y no sólo ‘economicista’).
“La noción de desarrollo es multidimensional (…) el desarrollo supone la ampliación de las autonomías individuales a la vez que el crecimiento de las participaciones comunitarias… Más libertad y más comunidad, más ego y menos egoísmo (…) es preciso… tomar conciencia de un fenómeno clave de la era planetaria: el subdesarrollo de los desarrollados crece precisamente con el desarrollo tecnoeconómico (…). El subdesarrollo de los desarrollados es un subdesarrollo moral, psíquico e intelectual… es preciso ver la miseria mental de las sociedades ricas, la carencia de amor de las sociedades ahítas, la maldad y la agresividad miserable de los intelectuales y universitarios, la proliferación de ideas generales vacías y de visiones mutiladas, la pérdida de la globalidad, de lo fundamental y de la responsabilidad. Hay una miseria que no disminuye con el decrecimiento de la miseria fisiológica y material, sino que se acrecienta con la abundancia y el ocio.  Hay un desarrollo específico del subdesarrollo mental bajo la primacía de la racionalización, de la especialización, de la cuantificación, de la abstracción, de la irresponsabilidad, y todo eso suscita el desarrollo del subdesarrollo ético” (Pp.  127-129).

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