Autonomía

Notas Sobre Autonomía y Resistencia Para el Siglo XXI

Trayectoria

La Obsoleta Clandestinidad


Me dio por publicar un periodiquito cuando estaba en voca 10, de inmediato me advirtieron de los porros, de que no me metiera con ellos. Un tal Espinoza, que tenía aspecto de buena persona me fue a ver de inmediato; algo decía yo de los porros, de los cuales corrían muy desagradables historias. Espinoza, en una media lengua, me dijo algo que sonó a advertencia, pero que a mi me pareció que no era tan amenazante y pensé que haría el segundo número. En aquella aventura periodística me acompañaban unos tres compañeros, pero lo hacían de lejecitos, como no queriéndose comprometer. Lo pensé bien y medio saqué el número 2. No salió más aquel periodiquito de número y medio, como vi más amenazas que incentivos dejé aquello por la paz. Parecía que me interesaba solo a mí el periodiquito, porque ni siquiera veía interés en mis compañeros. Medio entreví que si le seguía era para destacar, para hacerme alguna fama y aquello no me gustó. Medio desencantado dejé todo por la paz y me dedique a estudiar. Sí, todo a medias, porque no sabía de bien a bien lo que ocurría. Ni tenía claro si era lo suficientemente valeroso, interesado o audaz para empezar algo que iba a acabar en una golpiza o en una alianza con las autoridades y los porros, ni tenía claro si de alguna manera podía evadir aquel destino siniestro. Todo a medias. Lo único que creo intuía, era que finalmente tenía que tranzar o arriesgarme a la golpiza y el retiro.
Un compañero, con el que después coincidiría en la superior de Físico-Matemáticas, se me acercó sospechosamente y me invitó a un grupito clandestino. Su hermano cuyo seudónimo era Oscar, era el contacto de una célula (que después supe era leninista) que formaba parte de un grupo que tenía su periodiquito llamado “La Mecha”. Se nos decía que éramos una escisión del grupo “Voz Proletaria” que a su vez era la escisión 54 de la “Liga Espartaquista”.
Trabajábamos con obreros. Fuimos a repartir algún volante y periódico a la fábrica “Hule Galgo”, que estaba en taxqueña y Tlalpan. También lo hicimos en la llantera Euzkai, siempre íbamos muertos de miedo. De hule galgo había un comité obrero al que atendíamos y con el que estudiábamos “El Capital” de Marx, mismo que también estudiábamos en nuestro círculo de estudios, junto con otros textos como “carta a un Camarada”, “Un paso adelante dos pasos atrás”, etc. éramos pocos, pero se nos decía que había “otros” y otras células iguales a la nuestra.
En nuestro grupo estaban Oscar, un compañero que andaba siempre como apurado, no sabía yo si era de miedo o de que sentía mucha responsabilidad por ser el contacto de la célula. Lo cierto es que parecía como si le hubieran encargado al planeta. Juan era otro seudónimo que se caracterizaba por un profundo resentimiento que apenas ocultaba en su mirada y sus expresiones. Carlos era un chiquillo de algunos 16 años, moreno y con una cara que reflejaba toda la inocencia de sus 16. Creo que por su edad era de los pocos sinceros del grupo, era pobre (bien pobre, igual que juan) y luchaba por los pobres. Todos queríamos hacer la revolución porque nos decían que a eso se dedicaba el grupo. “Queríamos” desde luego, una revolución marxista.
Estaba también en el grupo Martín, un compañero clase media que era hostigado por su esposa, un poco nilistacho que terminó renunciando al grupo algún tiempo después de mi ingreso. Completaba el cuadro mi esposa, con la que hacía poco me había casado. Cuando se fue Martín, ingresó Gabriela, una güerita de ojos verdes, de pantalón de mezclilla y botas de esas que usaban los obreros. Era muy revolucionaria y siempre nos corregía. Algunas veces discutí con ella por lo que no nos mirábamos muy bien.
Por aquel tiempo detuvieron de mi mujer repartiendo volantes en la llantera Euzkadi, ella ya estaba embarazada de nuestro primer hijo. Su cara de niña y su verdadera ingenuidad la salvaron de no engrosar las listas de desaparecidos. La pescaron a ella y a Carlos, quizá la cara de dos chiquillos engañados por un presunto guerrillero conmovió a los policías. Dudo de eso, pero lo cierto que un par de chiquillos pendejos no podían representar peligro alguno. Tenían razón. Oscar insistía en que en todo tiempo supieron de la detención y que ya se aprestaban a rescatar a Chela y a Carlos. Nunca le creímos, aunque nos guardamos en secreto aquel sentimiento.
Nuestra actividad era rutinaria, estudiar, dizque discutir, mecanografiar documentos y pasarlos por el esténcil para hacer volantes y periódicos que después repartíamos. De tiempo en tiempo nos íbamos a los camiones de pasajeros de la avenida vallejo y ahí nos echábamos unos chorotes para que los trabajadores se cooperaran con nosotros. Algunas veces se nos llenaban los botes aunque acabábamos con la garganta destrozada.
Como nuestra organización era leninista, desprendida del texto “Carta a un camarada”, jamás sabíamos para que servía lo que hacíamos y si valía la pena. Nuestra célula solo se contactaba con el resto del grupo mediante Oscar. Eso lo aprovecharon de maravilla “los enemigos”. Ya estando en el CISEN, el delegado (allá por el 90), en Coahuila me platicó como agarraban a uno por uno hasta “darle vuelta” a las células, los iban matando y así acabaron a la “Liga comunista 23 de septiembre”. Se enorgullecía de haber torturado a Fidel Castro, y decía que ni en broma se paraba por Cuba. Nazar Haro demostró la madurez del estado infiltrando a toda la izquierda. Ya entonces la izquierda y sus métodos eran obsoletos.
Nos cambiamos de sede, de la casa de Oscar en la panamericana nos fuimos al sur, a la casa de Rogelio Vizcaíno, que después fue mi profesor en la ENAH. Resultó que Vizcaíno era cuñado de la güerita. Así de pobre andaba el grupo, unos cuantos despistados acompañados de los cuates y la familia.
Nos la pasábamos estudiando autores marxistas dale y dale, estudia y estudia entre nosotros y nuestra célula de obreros a los que veía en Iztacalco en el campamento “2 de octubre”. A mi era al que me echaban la responsabilidad de nuestra flamante “círculo de formación proletaria” en los que había unos cuatro o cinco obrero de “Hule Galgo”. Yo era un mar de dudas ¿se hace una revolución estudiando, qué había que entender? Desde luego, jamás externaba mis dudas, porque hacerlo era ser “mal revolucionario”. Por aquel tiempo decidí que renunciaría, todavía conservo la carta de renuncia que nunca les envié. Solo nos fuimos mi mujer y yo. Nunca supe exactamente por qué renunciaba, aunque si sabía que me tenía que salir.
Perdí la pista a mis obreros y un buen día me encontré a uno de ellos. Andaba yo por el centro comprando un libro en la Porrúa cuando de casualidad me lo hallé. Era un tipo viejo, con rostro arrugado de cansancio y mirada también fatigada. De hecho todo su cuerpo denunciaba aquel cansancio con que se sale de trabajar. Me saludó e intercambiamos algunas palabras. Me dijo entonces: “ayuden a Modesto, lo corrieron de la fábrica, anda muy mal”. Me dio a entender que andaba quebrado, abatido y sin chamba. Me partió el corazón. Me hubiera gustado poder conseguirle aunque fuera una chamba. De lo demás nada podía hacer, yo también andaba abatido, tratando de cubrir con la escuela a aquel grupo al que renuncié. Ya no recuerdo el nombre de aquel tipo que me encontré, pero entonces tuve la clara intuición de que con el grupo clandestino aquel solo le poníamos en la madre a los obreros. Tuve la impresión de que éramos un puñado de irresponsables incapaces de responder por las personas a las que involucrábamos. Nada de eso era cierto, era solamente que el estado había aprendido la lección rusa, la cubana y otras tantas y que ya no era posible sorprenderlo con grupitos de despistados.
De hecho, antes de salirme del grupo estaba discutiéndose el tema de si nos incorporábamos o no al proceso electoral que se estaba abriendo. Eran los 70s, años en que abrieron el congreso a la oposición. Hoy me parece imposible el hecho de que la izquierda no haya vislumbrado otra alternativa que la de incorporarse a la rifa de huesos. A mi tampoco se me ocurrió nada. Ahora se me ocurre, por eso echo esta botella al mar.
Muchos años me persiguió la imagen de aquel obrero, su cansancio, su resignación me atormentaron por mucho tiempo. Todavía lo recuerdo y me entran remordimientos. Esa imagen me convence que éramos puros pájaros nalgones incapaces de hacer nada que no fuera lo que impulsaba nuestro resentimiento. Éramos una izquierda torpe, pendeja y ambiciosa como después lo corroboró el PRD. A Rogelio lo ubiqué alguna vez en Convergencia mediante una nota periodística. Pensar que alguna vez me pareció un tipo que, aunque déspota, era brillante.

Jorge Luis Muñoz
febrero de 2012